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Millones de
cámaras controlan cada movimiento en EE.UU.
En su mayoría son
privadas, pero desde los atentados el gobierno alienta su uso
En Nueva York, una persona es filmada entre 73 y 75 veces por día
El mercado de la vigilancia electrónica crece 15% por año
Entre los jóvenes, son cada día más aceptadas
PORTERVILLE, California.- Este es el tipo de lugar, pequeño y alejado del camino, donde la gente contabiliza las cosas que en otros lugares se consideran normales.
Tres restaurantes McDonald’s. Un Starbucks, nuevo. Nueve pantallas en el Galaxy Theater, setenta y tres puestos de trabajo en la tienda Mervyn’s.
Pero incluso en esta ciudad, situada contra las secas estribaciones de la Sierra Nevada, donde hay tantas naranjas y vacas lecheras como gente, hay un importante tema que no provoca demasiado interés.
“¿Cámaras de seguridad?”, preguntó Donnette Carter, de la Cámara de Comercio de Porterville. “No podría decirlo así, de pronto”, respondió.
Con el reciente arresto de una mujer, en Indiana, a la que una cámara de seguridad filmó golpeando a su hija en un estacionamiento, la presencia de ojos electrónicos en todo Estados Unidos ha atraído nuevamente la atención.
Los equipos de control están en todos lados, no sólo en las grandes ciudades o en lugares obvios como Times Square o fuera de la Casa Blanca, sino también en Porterville y Mishawaka, Indiana, y en cientos de otros lados. Lo más habitual es que sean manos privadas y no públicas las que controlan las lentes.
“Hay una noción muy profunda de la propiedad privada en nuestra cultura, que hace que si uno posee algo pueda hacer lo que quiera con ello”, afirmó William Staples, profesor de sociología de la Universidad de Kansas, que escribió dos libros acerca de la vigilancia.
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“Eso ha contribuido a la proliferación de cámaras de seguridad para el uso privado. Sólo después del 11 de septiembre fue que las instituciones públicas comenzaron a utilizarlas”, añadió.
Los atentados del 11 de septiembre desataron la polémica sobre el creciente papel del gobierno como “gran hermano” y los organismos oficiales que usan herramientas como tecnologías para reconocimiento facial en aeropuertos y sistemas cerrados de televisión en edificios públicos.
Pero Staples y otros expertos sugieren que el debate debería incluir a los “pequeños hermanos”, es decir, los miles de cámaras privadas que la mayoría de la gente tolera sin decir nada. Los “pequeños hermanos” son menos conocidos, pero igualmente irritan a los defensores de las libertades civiles.
La Asociación de la Industria de la Seguridad estima que por lo menos dos millones de sistemas de circuitos de televisión cerrada funcionan en Estados Unidos. Un informe de Manhattan de 1998, realizado por la Unión de Libertades Civiles Norteamericanas, encontró 2397 cámaras colocadas en lugares públicos. Todas, excepto 270, estaban operadas por entidades privadas, según informó la organización. CCS International, compañía que provee de seguridad y de servicios de monitoreo, calculó el año pasado que una persona, en promedio, es grabada de 73 a 75 veces por día en la ciudad de Nueva York.
“Contamos cada cámara que encontrábamos -explicó Arielle Damil, la vocero de la compañía-. Algunas eran falsas y la verdadera nos estaba apuntando desde otra dirección.”
Después de los atentados
Acá en Porterville, cuatro cámaras están montadas en la entrada de Wal-Mart. Mervy’s tiene una afuera y otra detrás de su puerta de entrada. Algunas cuelgan sobre los cajeros en los bancos de la avenida Olive, otras captan imágenes de los visitantes y pacientes que caminan por los pasillos en el hospital del distrito de Sierra View. El más importante empleador de la ciudad, Wal-Mart, las tiene colocadas en lo alto como palomas, en sus depósitos.
La lista continúa y va en crecimiento. Desde hace un año, Tom Barcellos, que tiene una granja lechera, observa a sus empleados en el tambo de las afueras de la ciudad. Hace pocos meses recurrió a sus videos para resolver una pelea entre dos de sus empleados.
“Es más que nada una medida de precaución, algo a lo que se puede recurrir -afirmó-. Comprendo los argumentos en contra, pero no me preocupa porque no estoy haciendo nada malo. Lo considero una medida de seguridad. La gente con mayor problema parece tener la conciencia sucia y algo que ocultar.”
“Hay un gran crecimiento en todos lados”, explicó Ronald Irish,de STOP Alarms, en Porterville.
Por su parte, Pelco, una de las mayores distribuidoras de equipo de vigilancia electrónica, advirtió que el uso comercial de las cámaras es mucho mayor que el uso público, aun cuando hoy haya mayor preocupación por la amenaza terrorista. Tanto es el uso que se calcula que el mercado de la vigilancia electrónica crece un 15% anual.
Las propias agencias de seguridad del gobierno alientan en todos lados la tendencia. Las imágenes de los videos se transforman en evidencia para los casos judiciales y alivian el trabajo de los investigadores: para ellos se trata de un mal necesario.
Staples aseguró que hoy la actitud del público hacia las cámaras ha cambiado y que existen diferencias generacionales. Los mayores, inevitablemente, se quejan por lo que consideran un ataque a las libertades civiles. Las audiencias más jóvenes son mucho más accesibles porque crecieron con imágenes de Rodney King apaleado por oficiales de Los Angeles y con reality shows, como “Gran Hermano”, que alentaron el voyeurismo mediante cámaras.
Los ataques del 11 de septiembre podrían también haber creado la sensación de que es poco patriótico oponerse a la vigilancia. En Quincy, California, un supervisor del condado enfrenta un interrogatorio por su postura sobre el tema. En un festival de música desconectó algunas cámaras que había hecho colocar la comisaría para monitorear la venta de drogas. Está acusado de oponerse al cumplimiento de la ley y la policía está aún enojada con él.
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Por Dean E. Murphy
De The New York Times
Publicación original:
La Nación el 30 de setiembre del 2002
http://www.lanacion.com.ar
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